¿Que es el Evangelio?

1 Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que Él ya había prometido por medio de sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne, 4 y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo, 5 por medio de quien hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a su nombre; 6 entre los cuales estáis también vosotros, llamados de Jesucristo; 7 a todos los amados de Dios que están en Roma, llamados a ser santos: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (Romanos 1:1-7; LBLA; énfasis es mío).

La palabra “evangelio” simplemente significa buenas nuevas, o en un lenguaje actual, buenas noticias. ¿Pero buenas noticias sobre que o quién? Cuando se trata de la Biblia y el corazón del cristianismo, estamos hablando de las buenas noticias del Dios Trino. ¿Pero cuál es el contenido de este evangelio?

Puesto en forma simple: el evangelio del Dios Trino, en esencia, tiene que ver con la gloria de Dios (la suma total de Sus atributos) y Su plan de redención, cuyo centro es la persona y obra de Jesús (encarnación, vida, ministerio, muerte, resurrección, ascensión, y futuro retorno).

Estamos bien hasta aquí, ¿verdad? Ahora tengo un problema con la presentación del evangelio que escucho a menudo—especialmente en algunos círculos latinoamericanos—porque el evangelio que se cree y se predica es muy pobre, limitado, y reducido de toda su gloria. El tipo de evangelio que escucho a veces no hace justicia a toda la historia de Dios.

El evangelio es mucho más que un boleto gratis para escapar el infierno e ir al cielo. El evangelio es más que la salvación de nuestras almas. ¡La verdad es que el evangelio bíblico es grande, mucho más grande!

Para entender la grandeza del evangelio del Dios Trino, necesitamos entenderlo en su contexto más grande de la Biblia. Lo siguiente es un esfuerzo a definir el evangelio a la luz de la totalidad de la enseñanza bíblica:

Como un acto de gracia y en respuesta al pecado y la consecuente maldición sobre la creación entera,[1] el Dios Trino demuestra su fidelidad de pacto a las promesas antiguas hechas a los patriarcas[2] al enviar a Su eterno y divino Hijo[3] para ser humano (descendiente de Abraham y David según la carne) y vivir una vida perfecta de acuerdo a la ley de Dios,[4] morir en una cruz como sacrificio para el perdón de pecados,[5] y resucitar de entre los muertos para la justificación[6] y salvación del pueblo multiétnico de Dios,[7] a través de la gracia y por medio de la fe en Cristo.[8]

A través de la persona y obra de Jesús y la obra y poder del Espíritu, Dios ha establecido un nuevo y eterno pacto[9] y ha empezado una nueva humanidad cuya misión es testificar y proclamar este evangelio en palabra y en hecho,[10] reflejar la imagen del Dios Trino,[11] amar a Dios y a la gente,[12] hacer discípulos,[13] y capacitar a los santos para la obra de ministerio,[14] entre otras cosas.

La misión de la iglesia multiétnica continuará hasta el retorno de Jesús—nuestro Pastor, Rey, y Sacerdote[15]—quien llevará el plan redentor de Dios a su destino final, culminando todas las promesas de Dios y Su reino en la restauración completa de la creación,[16] en la cual el transformado pueblo multiétnico de Dios reinará juntamente con Su creador por toda la eternidad,[17] como cumplimiento del llamado original dado por Dios a los portadores (hombres y mujeres) de Su imagen.

Este es un evangelio integral—un evangelio que lo abarca todo. Este es el evangelio que necesitamos abrazar, predicar, y modelar para que todos vean su grandeza.

Que nuestras vidas y ministerios se basen en—y sean conocidos por—nuestro amor, obediencia, y fidelidad al evangelio de Dios, la única esperanza para nuestro mundo.

¿Qué agregaría usted a este breve resumen? Escriba su comentario y/o pregunta abajo. Agradezco su tiempo e interacción.

Foto: © 2017 Juan 1:16


 

[1] Génesis 3; Rom. 3:9-16; 5:12; Efe. 2:1-3.

[2] Pacto Abrahamico: La promesa de proveer bendición a las familias de la tierra por medio de Abraham (Gen. 12:1-3) y su descendencia (Gal. 3:15-20). Pacto Davídico: la promesa de un reino eterno para David (2 Sam. 7:1-17; Salmo 89:3-4, 19-37). Con la revelación progresiva, nos damos cuenta que la primera promesa se junta con la segunda para llevar acabo la bendición de las familias de la tierra por medio del rey davídico ideal (Salmo 72:17), lo cual se cumple en su plenitud en la persona y obra de Jesús—el nuevo, mejor, y eterno Rey David.

[3] Juan 1:1-3; Fil. 2:6; Col. 1:15-20; Heb. 1:3; Apoc. 5:13b.

[4] Gal. 4:4-5.

[5] Juan 1:29.

[6] Rom. 4:25-5:1.

[7] Efesios 3:1-13; Apoc. 5:9; 14:6.

[8] Rom. 3:24; Efe. 2:8.

[9] Jer. 31:31-34; 2 Cor. 3:4-11; Heb. 8:6-13; 9:11-22.

[10] Hechos 1:8.

[11] Gen. 1:26-28; Salmo 8; Heb. 2:5-8; Col. 3:1-17.

[12] Mat. 22:34-40.

[13] Mat. 28:18-20.

[14] Ef. 4:11-13.

[15] Pastor: Salmo 23; Eze. 34:11-31; Mat. 26:31; Juan 10:11, 14: Rey: Salmo 2; Isa. 11:1-10; Heb. 1:5-14; Sacerdote: Salmo 110; Heb. 1:3b; 8:1; 12:34; 1 Tim. 2:5.

[16] Rom. 8:18-25; Apoc. 21-22.

[17] Apoc. 5:10; 22:5.

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Una Reflexión Sobre la Familia, el Latino, y el Evangelio

La Familia Como un Don de Dios

Dios creo a los primeros dos seres humanos—Adán y Eva—y los unió en matrimonio (vea Gen. 2:18-24). Adán y Eva tuvieron hijos, y estos hijos tuvieron hijos y así la tierra eventualmente fue poblada por un innumerable número de familias.

La verdad es que Dios creo a la familia. La familia no fue un accidente. La familia fue creada por Dios para reflejar la belleza, el gozo, y la bondad de la vida, los cuales encuentran su origen en el Creador mismo. Desafortunadamente, después de la rebelión del hombre, el pecado entro a la creación, afectando e infectado todo lo creo, incluyendo la familia. Desde entonces la familia nunca ha sido igual.

La familia a veces es lugar de pleitos, contiendas, peleas, y quejas. La familia sufre de relaciones rotas, caracterizadas por dolor, heridas emocionales, ausencia paternal, falta de perdón, falta de amor, y traición, entre muchos otros.

El Latino y Su Alto Concepto de La Familia

Cuando se trata del latino y la familia, las generalizaciones abundan. Algo que si es cierto es que el latino tiene un alto concepto de—y en varias situaciones, un alto compromiso a—la familia. De acuerdo a un estudio hecho por Barna Group, una compañía de investigación, los hispanos: “ponen un alto valor sobre la familia, nombrándola como la contribución más significante que Latinos hacen a la sociedad americana hoy, por delante de la ética de trabajo y herencia cultural” (mi traducción).[1]

Sobre el tema de la familia y comunidad, el profesor del Seminario Fuller, Juan F. Martínez, en su libro Caminando Entre el Pueblo, comenta lo siguiente: “La familia cobra más importancia porque define parte de una identidad más colectiva dentro de la comunidad.”[2]

La importancia que juega la familia ha llevado a millones de latinos a hacer uno de los más riesgosos viajes—ir al norte, a los Estados Unidos—sabiendo muy bien las posibles consecuencias, entre las cuales la muerte misma es una posibilidad.

Muchos han viajado a los Estados Unidos para trabajar y proveer un futuro mejor para sus familias, sean que estén en sus países de origen o sea que también hayan venido con ellos al “país de las oportunidades,” como algunos suelen decir.

El latino definitivamente tiene un alto concepto de la familia, la cual muestra varias características hermosas como: hermandad, solidaridad, hospitalidad, compañerismo, y compromiso, entre otras.

“Por supuesto, se necesita evitar el peligro de idealizar a la familia latina” comenta Martínez. “El machismo y la violencia familiar son realidades penosas en la familia latina y la iglesia necesita confrontar estos males de la realidad latina. No podemos seguir tapando estos problemas en nombre del ‘bienestar’ familiar.”[3]

La familia latina—y aun hasta la familia latina evangélica—está lejos de ser perfecta. Al igual que otras familias, la familia latina tiene sus males, como Martínez señala. Pero hay esperanza, no solo porque el latino tiene un alto concepto de la familia, sino porque en el evangelio de Jesús cambia vidas.

El Evangelio

La familia latina es un regalo de Dios, pero ha sido dañada por el pecado. La familia, por muy buena que sea, no es lo que debería de ser porque está compuesta por pecadores, desde el más pequeño hasta el más grande. Las buenas noticias es que Dios, en Cristo, ha provisto un remedio al problema del pecado y, por consiguiente, un remedio a la disfunción y el caos familiar que a menudo vemos en nuestros hogares latinos.

Al explicar la metáfora, “rostro hispano de Jesús,” el evangelista y autor Raúl Zaldívar comenta: “El rostro hispano de Jesús significa que Dios ama a aquellas personas de origen hispano o sudamericano, significa que Cristo dio su vida por nosotros, y este hecho debe hacer mirarnos al espejo sin temor y decir: ‘He aquí la imagen de Dios’. El rostro hispano de Jesús es una metáfora que significa que Dios se identifica con nosotros plenamente.”[4]

Zaldívar nos recuerda que Dios ama al latino (al igual que otras etnias). Y el latino ha sido creado a—y tiene la capacidad de seguir portando la—imagen de Dios. Esta no es una simple opinión, sino una verdad absoluta que debería de formar parte de nuestra cosmovisión; una verdad que debería formar parte de nuestro entendimiento sobre la narrativa e implicaciones del evangelio.

Cuando se trata de la familia latina, el evangelio necesita penetrar los corazones, si en verdad queremos ver resultados positivos. En el evangelio, cada individuo de la familia puede obtener, primero, paz con Dios; y segundo, paz con los demás miembros.

La enemistad entre el pecador y Dios es abolida/anulada por el sacrificio sustitutorio de Cristo a favor de pecadores. La enemistad entre miembros pecadores de la familia es, similarmente, abolida por la persona y obra de Jesús, la cual es aplicada al pecador por medio del Espíritu Santo. El pecador redimido es capacitado—por medio del Espíritu y la Palabra—a perdonar y amar y aplicar otros principios bíblicos, lo cual nos da tanto a nosotros como a otros otra oportunidad de empezar de nuevo y procurar hacer las cosas bien.

Y este es solo el comienzo. Transformación es posible en Jesús. ¿Qué tipo de transformación? Una transformación que renueva mentes y toca corazones, facilitando la restauración de relaciones rotas y dañadas, para la gloria de Dios y el bien estar de otros.

El evangelio es la única solución verdadera y duradera que la pecaminosa familia latina (aun hasta la cristiana) urgentemente necesita. Cualquier otro remedio, aunque produzca ciertos resultados en lo exterior por algún periodo de tiempo, será incapaz de producir un cambio interno en el corazón que en verdad marque la diferencia.

Viendo a la Familia Como Nuestro Ministerio

Mi colega en el ministerio acaba de tomar dos semanas de vacaciones para estar con su familia. No sé si trabajo en su negocio o no durante estas semanas, pero lo que sé es que tomo dos domingos de descanso de no asistir al servicio de adoración. Para algunos, el hecho de que uno de los lideres pastorales claves estaría ausente dos domingos consecutivos es extraño.

Al pensarlo, el hecho de que mi colega haya tomado tiempo específico para estar con su familia es inteligente y, a largo plazo, mas beneficiario para todos, empezando con su familia. Un líder con una buena relación con su familia podrá servir y liderar mejor.

Lamentablemente, a la luz de la dicotomía entre lo sagrado y lo secular, la iglesia hispana ha vivido la trágica consecuencia de tal división no saludable entre el ministerio y la familia. Lo que a veces sucede es que muchos tienen que escoger entre servir a Dios o servir a la familia como si las dos cosas fueran separadas.

Hace poco tuve una conversación con un adulto joven quien estaba tratando entender la relación entre familia y el ministerio. Le recordé a este adulto joven que el primer ministerio es la familia, y que servir en la iglesia a expensa de nuestra familia no solo es pecado, sino también dañino para la familia.

Necesitamos una perspectiva bíblica que combate falsa dicotomía entre lo sagrado y lo secular; una perspectiva bíblica integral que nos enseña que toda la vida es para Dios. Una implicación seria que hacer ministerio es servir a nuestra familia tanto biológica como espiritual, pero que la primera tiene prioridad sobre la segunda en esta vida.

La familia latina, tanto creyente como no–creyente, en este país ha sufrido. Debido a necesidades económicas, ambos padres a menudo trabajan para sobrellevar los gastos de la familia, pero a expensa de su relación con sus hijos. Los gastos y las deudas se pagan, pero los hijos crecen sin desarrollar relación, amistad, y confianza con sus padres, que, a largo plazo, resulta en peores consecuencias.

En Cristo, la familia y el ministerio tienen nuevo significado. El evangelio debe tanto corregir la dicotomía entre lo sagrado/secular como plantear una visión de la familia como nuestro primer y más importante ministerio. Así que no tenemos que escoger entre la familia y el ministerio, podemos hacer ambos para la gloria de Dios y el gozo de los demás.

Intencionalidad en Desarrollar Relaciones

Desarrollar relaciones es sumamente importante. Se debe hacer lo posible para invertir nuestro tiempo, energía, y recursos para cultivar estas relaciones en la familia. Esto requiere tomar decisiones sabias para no descuidar a la familia.

La familia es llamada a discipular a sus hijos. Este no es deber de la iglesia solamente. La iglesia debería de capacitar a padres y apoyarlos en la tarea de discipulado, sin reemplazarlos. Pero los padres latinos pasan ocupados y no tienen tiempo para la familia, ni mucho menos para el discipulado intencional de los hijos.

La provisión económica no lo es todo. El trabajo no lo es todo. El sueño americano no es el plan divino para nuestras vidas. En el evangelio, los padres son llamados a ser fieles y constantes en trabajar y proveer, y facilitar el desarrollo relacional entre miembros de la familia.

Escribiendo principalmente a pastores, pero cuya recomendación practica aplica a todos creyentes, Pastor José Mercado habla acerca de la importancia de ser intencionales:

Si no somos intencionales en darle prioridad a nuestras familias, no le vamos a dar la prioridad que se merecen. Esto quiere decir que debemos tomar el tiempo, no solo para pasar tiempo con ellos, si no también a dedicar tiempo para planificar que estos tiempos sean significativos y productivos. Si no eres intencional no vas a pasar tiempo significativo con tu familia y tu tiempo será consumido completamente por el ministerio. La realidad es que tu familia va a darse cuenta si ellos son la prioridad o no. Desde los más pequeños hasta tu esposa, ellos van a saber si sientes que son un obstáculo para tu ministerio o el apoyo fundamental y tu prioridad, lo que requiere de tu intencionalidad y esfuerzo.[5]

La necesidad de ser intencionales con nuestra familia es más urgente que nunca. Vivimos en un sociedad altamente distraída y ocupada con un montón de cosas. Desarrollar relaciones fuertes en estos días es desafiante, pero no imposible. La familia latina necesita aprender a hacer esto con gracia y bondad. Y aprender podemos porque Cristo seguirá cambiando nuestras prioridades para mejor reflejar Su corazón.

La Familia Latina y la Soltería

Nuestra iglesia en particular es compuesta principalmente por personas casadas con una minoría de personas solteras, lo cual es común en muchas iglesias. Si hay un área que el evangelio tiene que impactar es el área de la soltería dentro de la comunidad latina evangélica.

Ser soltero en la comunidad latina es difícil. ¿Por qué? Debido a que la comunidad latina valora la familia, la soltería es vista como un “problema” que resolver lo más pronto posible.

Uno pensaría que la iglesia latina evangélica fuera diferente en este asunto, pero este no es el caso. En casos extremos, el legalismo domina asuntos de relaciones y soltería; y en otros casos, los solteros (hombres y mujeres) no son apropiadamente ministrados, alentados, y empoderados para ser y hacer todo lo que Dios los ha llamado a ser y hacer. Hay hermanos que tienen buenas intenciones, pero hacerlo sentir a uno incompleto por estar solo no ayuda para nada.

No pretendo resolver este asunto peculiar, sino simplemente traerlo a la luz para que empecemos a conversar al respecto. Pero si puedo decir que, a la luz del evangelio, la soltería no es un problema que resolver. La soltería no es una maldición. La soltería es un don de Dios. La persona soltera no es una persona de segunda clase. La persona soltera no es menos humana por no tener un compañero/a especial. La persona soltera—al igual que la casada—tiene, en Cristo, una identidad única como hijo e hija de Dios, lo cual cambia todo, aun cuando la soltería permanece.

Foto: © 2017 Juan 1:16


Obras Citadas:

[1] Hispanic America: Faith, Values, and Priorities (Barna Group: Ventura, CA, 2012), 44. (Puede adquirir este libro en español aquí: https://barna-resources.myshopify.com/products/hispanos-americanos-pdf)

[2] Juan F. Martínez, Caminando Entre el Pueblo: Ministerio Latino en los Estados Unidos (Abingdon Press: Nashville, TN, 2008), 66. (Puede adquirir este libro aquí: http://a.co/fmRHo42)

[3] Martínez, Caminando Entre el Pueblo, 66.

[4] Raúl Zaldívar, Miguel Álvarez, y David E. Ramírez, El Rostro Hispano de Jesús: Una Visión Cultural, Pastoral y Social (Editorial Clie: Barcelona, 2014), 90. (Puede adquirir este libro aquí: http://a.co/0pSE6ML)

[5] José Mercado, “Tu Familia Es Prioridad,” publicado por Coalición Por El Evangelio el 10/21/14. https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/tu-familia-es-prioridad

Una Reflexión Sobre el Trabajo, el Latino, y el Evangelio

Introducción

Todavía me recuerdo muy bien la ocasión hace años atrás cuando estaba trabajando un turno nocturno en la radio y se me acerco un amigo no creyente—cuyo nombre no me recuerdo, pero que limpiaba las oficinas de la radio durante las noches—que me dijo que él trabajaba porque tenía que hacerlo.

Al preguntarle la razón detrás de esta declaración, mi amigo respondió que trabaja porque el trabajo era el resultado del pecado, aludiendo a la caída de Adán y Eva. En otras palabras, el trabajo no era un don de Dios para mi amigo, sino una inconveniencia.

Este era el punto de vista de un amigo no creyente, pero me pregunto: “¿Habrá creyentes que piensan de esta manera? ¿Habrá creyentes que piensan que el trabajo es una consecuencia del pecado o que el trabajo es algo ‘secular’ de menor valor e importancia?”

La triste realidad es que si hay creyentes que piensan así. Si digo algo diferente, estuviera mintiendo. Hay creyentes que piensan equivocadamente que 1) el trabajo fue resultado del pecado, y/o que 2) el trabajo es de menor valor e importancia porque es algo “secular” y no algo “sagrado.” Analicemos estos errores a la luz de algunas verdades y sus implicaciones.

El Trabajo Como un Don de Dios

Dios, en su gracia, dio al ser humano el don del trabajo, y esto sucedió antes de la caída del hombre (vea Gen. 2:5-17). El simple hecho de que el trabajo fue dado por Dios implica que es algo sagrado y digno. Después de la caída del hombre, el trabajo continuo, pero fue negativamente impactado. Debido al pecado, el trabajo se convirtió en algo difícil y desafiante (vea Gen. 3:17-19), lo cual es evidente hasta el día de hoy. Pero esto no cambia el hecho de que el trabajo es y será un don de Dios para la humanidad.

Secular v. Sagrado

Como muchos Latinos, yo crecí con la dicotomía (división/separación/divorcio) entre lo sagrado y lo secular. Pensaba que la vida se dividía en dos partes principales: 1) lo sagrado, lo cual incluye actividades religiosas como asistir a la iglesia, estudios bíblicos, leer la Biblia, oración, etc.; y 2) lo secular, lo cual incluye actividades como trabajar afuera de la iglesia, jugar, negocios, educación, etc. También pensaba que la primera esfera (lo sagrado) era más importante que la segunda (lo secular).

No sé exactamente cuándo esta dicotomía penetro el mundo hispanohablante, pero la verdad es que la mayoría de creyentes latinos—con algunas excepciones—viven a la luz de esta división entre lo secular y lo sagrado. Y no los culpo porque es lo que les han enseñado.

Para mí, no fue hasta que el Señor empezó a reformar mis creencias a la luz de la Palabra que me di cuenta que esta dicotomía no era bíblica. Además, esta dicotomía no nos ayuda al pensar sobre, y entender mejor la, relación entre nuestra fe cristiana y el trabajo.

“La dicotomía de lo sagrado/secular” dice Nancy Pearcey, “restringe el cristianismo al ámbito de la verdad religiosa y crea doble mentalidad y vidas fragmentadas.”[1]

Según un estudio hecho por la compañía de investigación, Barna Group, los hispanos, “encuentran significado y orgullo en su trabajo, casi tres cuartos de Latinos (72%) ven su trabajo y su fe como dos distintos aspectos separados de sus vidas” (mi traducción).[2]

Vidas fragmentadas no ayudan a avanzar el evangelio donde hay una gran necesidad—en el ambiente del trabajo. Necesitamos recordar que todo le pertenece a Dios. Toda la vida es para Él. Y para el creyente, esto implica que el trabajo—sea jardinería o construcción o mecánica—es para esparcir la fama de Jesús, bendecir a otros, etc.

El Latino y El Trabajo

Sobre el tema de la disposición de Latinos a trabajar arduamente para un mejor mañana, profesor del Seminario Fuller, Juan F. Martínez, dice lo siguiente:

La mayoría de latinos trabaja arduamente con la esperanza de poder mejorar su situación económica y de poder ayudar a su familia aquí y en sus países de origen, si son inmigrantes. Sueñan con un futuro mejor y hacen grandes sacrificios para lograr que ese sueño sea una realidad. Aun los sacrificios económicos y peligros físicos que confronta el indocumentado que llega a este país son un reflejo de la disposición a hacer todo lo posible por mejorar su situación, no importa lo difícil que sea.[3]

Esta disposición a hacer todo lo posible por mejorar su situación es evidente en mi padre. El, al igual que otros, ha experimentado discriminación por parte de otros latinos, pero a pesar de esto y otros desafíos, se ha mantenido firme y constante debido a su compromiso a Dios y a su familia. Con toda disposición y perseverancia, mi padre trabaja orgullosamente como para Dios y no para el hombre.

Además de proveer para una gran familia en varias maneras, mi padre también ha podido contribuir financieramente a mis estudios académicos, por lo cual estoy eternamente agradecido. Y, como se lo comunique a el hace poco, el trabajo de mi padre es una bendición para muchas personas. Su fuerte ética de trabajo ha contribuido al éxito de su compañía, y ha provisto alimento a miles de clientes a través de los años.

Barna Group comenta que los “Hispanos están orgullosos de sus trabajos y una gran mayoría encuentran significado y cumplimiento en ellos (85%). Una fuerte mayoría—más de dos tercios (69%)—están de acuerdo que sus trabajos hacen el mundo un lugar mejor” (mi traducción).[4]

A mi padre le encanta trabajar y esta orgulloso de lo que ha hecho por mas de quince años. A veces hasta nos sorprende escuchar que siempre prefiere trabajar que descansar y tomar vacaciones. Mi padre es solo un ejemplo de la siguiente verdad: el latino, generalmente, es un gran trabajador.

Nuestra Iglesia

Es increíble ver como la iglesia esta dispersada a lo largo de la semana. En nuestra iglesia, tenemos a personas en varias esferas de influencia en el ambiente del trabajo: transporte público, supervisión e instrucción en escuelas, jardinería, limpieza de casas y oficinas, enfermería, asistencia dental, fabricas, ventas de casas, etc.

Esta semana me reuní con un líder de nuestra iglesia—que trabaja como conductor de buses—y le recordé de lo digno y honorable que es su profesión. Piénselo: el ser conductor de buses no solo es un trabajo para proveer para la familia, sino que también es un medio que contribuye a la disponibilidad de transporte para bastantes personas, como trabajadores, estudiantes, y personas sin hogar, entre otros. ¿No es esto una bendición? ¡Por supuesto que sí!

La mayor parte de nuestro tiempo se pasa en el trabajo, ¿es esto un accidente? ¿Es el trabajo consecuencia del pecado? O, ¿es el trabajo un buen don dado por Dios, corrompido por el pecado, pero que todavía tiene valor y propósito, especialmente en Cristo?

El Trabajo Como Ministerio

En nuestra iglesia tenemos a un adulto joven que actualmente estudia en la universidad, cuyo interés es trabajar como policía o en el FBI o algún otro sector relacionado. En vez de decirle que cambie de planes y que sirva a Dios en la iglesia, queremos animarlo para que siga su jornada. Le estamos animando que vea su futuro trabajo como ministerio—un don dado por Dios para proveer para sí mismo y su futura familia; un medio por el cual el podrá servir y bendecir a otros en nuestra sociedad. En Cristo, el trabajo ya no es algo “secular” y de menos importancia, sino que es un increíble ministerio para con los demás.

El Evangelio

El evangelio re-define nuestras vidas de tal manera que ahora giran en torno a la causa de Cristo. Como creyentes, hemos sido llamados a ser buen mayordomos de nuestros trabajos para Cristo, nuestro amo.

Esto implica que el trabajo es un don de Dios para que yo lo use y ministre eficazmente para la gloria de Dios, y no para mis propios intereses egoístas. En vez de permitir que el trabajo se convierta en un ídolo o en un fin en sí mismo, usemos el trabajo no solo para proveer para nuestras necesidades y gustos, sino también para mostrar los valores del reino y así traer transformación a nuestro alrededor, sea personas, programas, sistemas, etc.

Otra implicación es que en vez de permitir que el trabajo nos consuma, tenemos que ser prudentes y establecer buenos ritmos que reflejan el patrón bíblico de trabajo y reposo. Y, al pasar retos y desafíos, no peleemos nuestras batallas en el trabajo solos, sino acudamos a otros—especialmente, pero no limitado a—creyentes dentro y fuera del trabajo.

Si hay oportunidades de entrenamiento practico, aprovechémoslas. Aprendamos y desarrollemos nuestras habilidades para trabajar con excelencia a Dios y a nuestros jefes terrenales. Pero aprendamos a aplicar la sabiduría bíblica al trabajo porque el trabajo está aquí para quedarse. Contestando la pregunta si habrá trabajo en la nueva creación, Randy Alcorn dice lo siguiente:

Para mucha gente la idea de trabajar en el Cielo es extraña. Y sin embargo las Escrituras la enseñan con toda claridad… El trabajo fue parte del Edén original. Fue parte de una vida humana perfecta en la Tierra. El trabajo no fue parte de la maldición. En realidad fue la maldición la que hizo que el trabajo fuera arduo, tedioso y frustrante… Sin embargo, en la Nueva Tierra el trabajo será redimido y transformado en lo que Dios quiso que fuera.[5]

Randy continua y comenta que,

Debido a que el trabajo comenzó antes del pecado y la maldición, y debido a que Dios, quien es sin pecado, es trabajador, deberíamos asumir que podremos reanudar el trabajo comenzado por Adán y Eva, ejercitando dominio piadoso sobre la Tierra, gobernadora para la gloria de Dios. Pero no es necesario que solo lo asumamos. Cuando el siervo fiel entra al Cielo, no se le ofrece una jubilación, sino esto: “Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mat. 25:23, LBLA; énfasis agregado).[6]

Conclusión

El trabajo fue un regalo dado por Dios al hombre antes de la caída. El trabajo fue corrompido por el pecado de tal manera que ahora es arduo y difícil. Las buenas noticias de Dios a través de Cristo es que el trabajo—aun en su presente condición—toma un nuevo sentido y significado. Por lo tanto, el trabajo viene ser un ministerio—un medio por el cual Dios puede avanzar Su obra redentora a través de personas y sus trabajos ordinarios este lado de la eternidad.

Demos gracias a Dios por nuestros trabajos. Pidamos su gracia, sabiduría, y valentía para ser y hacer todo lo que hemos sido llamados a ser y hacer. Que nuestros trabajos sean grandemente bendecidos por la presencia de Dios a través de nosotros.

Preguntas de Reflexión:

  • ¿Estoy siendo un buen mayordomo del don de trabajo que Dios me ha dado?
  • ¿En qué manera puede mi trabajo ser un ministerio a otros?
  • ¿Qué oportunidades tengo en el trabajo para ser un agente de cambio y transformación?
  • ¿Qué retos y desafíos estoy pasando que puedo compartir con otros creyentes para que me ayuden en oración?
  • ¿Cómo puedo yo sabiamente modelar los valores del reino en mi trabajo, no para causar estorbo, sino para traer bendición a otros?

Foto: © 2017 Juan 1:16


Obras Citadas:

[1] Nancy Pearcey, Verdad Total: Libera el Cristianismo de su Cautiverio Cultural (Editorial Jucum: Tyler, TX, 2014), 24.(Puede adquirir este libro aquí: http://a.co/bo3cjyV)

[2] Hispanic America: Faith, Values, and Priorities (Barna Group: Ventura, CA, 2012), 35. (Puede adquirir este libro en español aquí: https://barna-resources.myshopify.com/products/hispanos-americanos-pdf)

[3] Juan F. Martínez, Caminando Entre el Pueblo: Ministerio Latino en los Estados Unidos (Abingdon Press: Nashville, TN, 2008), 65. (Puede adquirir este libro aquí: http://a.co/fmRHo42)

[4] Hispanic America, 35.

[5] Randy Alcorn, El Cielo (Tyndale House Publishers: Carol Stream, IL, 2006), 226-227. (Puede adquirir este libro aquí: http://a.co/8JhlUag)

[6] Alcorn, El Cielo, 227.

The Story of God: Redemption

In Genesis 3:15, we get a glimpse, a “big picture” sneak peak of God’s remedy to the problem of sin. God said, “I will put enmity between you and the woman, and between your offspring and her offspring; he shall bruise your head, and you shall bruise his heel.” Right after Adam and Eve sinned, God stepped in and brought not only immediate judgment on sin, but also a promise of a future “serpent crusher” who would ultimately deal a sweet blow to the serpent and the problem of sin.

Fast-forward to the New Testament, and we find the main character of the story—God—entering time and space. The Creator God stepped into creation not to destroy it, but to redeem it through the person and work of Jesus Christ.

A key event in redemptive history is the resurrection of Jesus Christ. Timothy Keller, in his book Reason for God, states

If Jesus rose from the dead, then you have to accept all that he said; if he didn’t rise from the dead, then why worry about any of what he said? The issue on which everything hangs is not whether or not you like his teaching but whether or not he rose from the dead (210). [1]

If Jesus really resurrected from the dead, then He really is who He said He is—God in the flesh. The resurrection, among other things, changed the lives of Jesus’ original disciples, who went from being nobodies to being courageous men, ultimately dying for the message of the good news of the Crucified and Risen Messiah.

The disciples could not help, but witness to what they saw and heard about the person of Jesus Christ, especially, but not limited to, His bodily resurrection. Because of Christ and His finished work at the cross, the seed of restoration has been planted, bringing about real transformation in and through our lives.

The resurrection of Christ paved the way for the ultimate restoration to come in the future. As recorded in Revelation 21, the “new heavens and new earth” will be ushered—in all its fullness—in the age to come. This is when we will no longer experience the “former things” of this life, such as pain, suffering, evil, sin, and death.

Those of us who have trusted the finished work of Christ and placed our faith in Him have not only been forgiven and adopted, but also sealed with the Holy Spirit, who is “the guarantee of our inheritance until we acquire possession of it, to the praise of his glory” (Eph. 1:14).

One day we will finally “acquire possession of it” and it is going to be glorious! We will experience and enjoy perfect relationship with God, perfect relationship with each other, and perfect relationship with creation, just how things were meant to be from the very beginning.

[1] Keller, Timothy. Reason for God: Belief in an Age of Skepticism. Print.

The Story of God: The Fall

In the beginning, everything was originally good and perfect. The universe experienced shalom as it was meant to, and mankind enjoyed—and benefitted from—a perfect relationship with God and each other. But, like most stories we know and hear, something went wrong—drastically wrong.

This is a dark chapter in story of God called “The Fall,” which refers to the historical event when Adam and Eve were deceived by Satan and rebelled against their good and loving Creator.

Sin entered the earth and infected and affected everything, such as the perfect relationship between God and mankind (vertical), the relationship between Adam and Eve (horizontal), and the relationship between mankind and creation, among many other things. The fall was truly a tragic event. Mankind—being created in God’s image (Gen. 1:26-27)—fell short of God’s glory (Rom. 3:23).

What is interesting is that the original Genesis mandate—to rule over creation—calling still stands. The only difference is that it is now harder because of sin, which has permeated God’s good creation, negatively impacting everything.

As the story unfolds, mankind’s evil and pride only increases, as seen through events such as Cain’s murder of Abel and the towel of Babel, among others. Ever since the fall, mankind has been on a downward-spiral, relationally, physically, and spiritually.

Mankind has—broadly speaking—failed to, as one of my professors likes to say, “Put God on display” in such a way as to reflect or mirror God and His attributes well to the rest of mankind and creation.

This is a tragic reality. It would be eternally-devastating if the story ended there, but the good news is that it does not. On the contrary, the story continues on a note of hope, as we will see in part three, “Redemption”.

Ulcerative Colitis and the Story of God

Disclaimer: This is the first time I am writing about the biggest struggle of my life—chronic illness. I am going to be vulnerable for a moment and share with you some of my health problems, fears, frustrations, insecurities, and joys, in the hope of encouraging others. I apologize ahead of time if I gross you out in any way.


 

The Pride-Crushing Diagnosis

It all started my last week of high school. The first symptoms I experienced were abdominal pain, diarrhea, and bloody stool. It got worse after graduating. My parents and I made many trips to the hospital. I remember one day being in the waiting room of a gastroenterologist and thinking, “What am I doing here?” I looked around the room and was discouraged at the fact that I was the youngest person there. Everyone else was older—a lot older!

After several trips to the hospital and numerous tests and scans, I was diagnosed with a chronic illness called ulcerative colitis, which is inflammation in the colon (large intestine). Basically, the immune system is out of whack, attacking things such as good bacteria and food that comes in, resulting in inflammation in the lining of the intestinal walls. Ulcerative colitis is an inflammatory bowel disease that is life-long and incurable.

The year I was diagnosed was hard for me. Up until this point, I had never heard of ulcerative colitis, so I responded in a typical Hispanic way: “It’s nothing! It will go away eventually!”

That year, I lost a lot of weight and felt embarrassed to go out. Doubt and fear were my companions. Depression showed its ugly face on various occasions. And the physical pain was unbearable at times, to the point that I contemplated the idea of giving up on life.

But God—yes God!—was (and has) been my source of refuge and strength. When I wanted to give up on life, He was there. God stretched His mighty hand and pulled me up from my pit of despair, giving me the courage to press on with life.

The Struggle is Real, But So is The Story of God

I feel like my struggle with chronic illness has been one of “trial and error”. I have literally spent thousands of dollars, visited many doctors, and tried many medications, from antibiotics and natural supplements to probiotics and anti-inflammatory drugs.

Due to ulcerative colitis, I have a hard time maintaining a healthy weight and often deal with physical fatigue, leaving me frustrated and discouraged at times.

This might sound crazy, but I am thankful for the pain and suffering I have experience thus far in my short twenty-five years of life. I thank God for the physical hardships because they have brought me closer to Him. Make no mistake about it: physical pain and suffering sucks, and I have had a few other health-related issues that have tested my faith over time.

I do not know about you, but it is easy for me to see life through the lens of chronic illness. Limitations, failures, shortcomings, insecurities, and fears tend to color my view of reality.

Without realizing it, I have allowed chronic illness to become big and God small. Consequently, I have often allowed chronic illness to define me—my value, meaning, and purpose, negatively impacting my self-esteem and my God-given dreams and aspirations.

But there is good news—really good news! The story of God has changed it all. The story of God gives me an interpretive grid by which to make sense of life and chronic illness.

The biblical story paints a different picture of reality—one from God’s point of view. Though I am a sinner, I bear the image of God and thus possess dignity and value. I experience pain and suffering and illness as a result of sin and its tragic effects on creation, including mankind.

The story of God reminds me to look back at the cross and empty tomb as historical events marked with God’s redemptive fingerprints. The biblical story also points me to the future when God will restore all things and get rid of all evil, sin, death, and pain. Illness and suffering will be more. This is the blessed hope that keeps me going.

So I am not defined by chronic illness; I am defined by God and His redemptive story, which gives my life meaning, joy, and purpose. I am defined by my identity in Christ, which is eternal and unchanging.

Ulcerative colitis will not have the last word! Christ will have the last word! Or better yet, Christ has had the last word ever since His sacrificial death and triumphant resurrection. Ulcerative colitis has nothing on me!

I have to remind myself constantly that my value does not depend on how much I weigh or how I look or how much harder I am trying to live a “normal” life. No, my value rests solely on God and His love for me. Period.

The fight for my joy is real. And that is true both when I am sick—and caught up in the pain—and when I am feeling fine and cruising along.

Things I’m Learning … Six Years Later!

Here is a list of some of the things that I am learning (key word) as a Christian struggling with a chronic illness:

  • I am learning that God is good, powerful, and faithful
  • I am learning to exercise self-control when dealing with, and responding to, negative comments made on my appearance
  • I am learning that I need more Christian accountability and community in my life
  • I am learning to value friendships more
  • I am learning that having faith means both praying and taking action
  • I am learning to seek and find refuge in God and His joy-giving, soul-awakening presence
  • I am learning to appreciate the ordinary things of life
  • I am learning to accept help from others
  • I am learning to glorify God with my (limited) physical strength and energy and,
  • I am learning to not take myself too seriously and to enjoy life to best of my ability.

Some Advice

If you are struggling with ulcerative colitis—or some other chronic illness—please hear me out: you are not alone! It was not until I began to see my health condition holistically—taking in consideration stress management, nutrition, exercise, rest, etc.—that I started to see some improvements. I am no expert on ulcerative colitis, but I have learned some things along the journey. Here are three tips/recommendations:

  1. Manage Stress

Monitor what (or who!) gives you stress and take practical steps to relieve it. Go out with your friends, go watch a movie, or go enjoy your favorite dish. If you’re a student, break down big assignments (like that 10-page paper!) into smaller, more-doable assignments. This can be a great way to relieve stress—and get a better grade too!

  1. Eat Healthy and Exercise Often

Eating healthy is not only hard, but expensive! I have tried organic, vegan, and gluten-free products and my wallet has paid the price. For me, avoiding red meat, spicy and greasy foods, and lactose products help prevent flare ups and stay in remission longer. You will need to experiment a bit and figure out which foods trigger symptoms and which foods “feel good in your tummy”.

When it comes to exercise, I enjoy playing basketball and soccer. Whether you like hiking, going to the gym, running, or baseball, make time and do it as often as you can. Stay physically active!

  1. Get Help

If you have the means, get professional help from a gastroenterologist and/or nutritionist. If you’re a college student, visit the health center at your campus and take advantage of its free and low-cost services. For online resources, I highly recommend checking out The Crohn’s & Colitis Foundation of America.

In regards to medication and treatment, every person is different; therefore, every case of ulcerative colitis will be different. There is not a one-size-fits-all treatment or medication. If you struggle with ulcerative colitis and are interested in receiving medical advice, please consult with a physician or healthcare provider.


 

Do you—or someone you know—struggle with ulcerative colitis? What have you found or heard to be helpful? What would you say to others who are struggling with the same or a similar condition? You can leave a comment below.

Feel free to share this blog post with others. Please let me know how I can help/pray for you? You can contact me here.

The Story of God: Creation

The greatest story ever told is not the story of mankind’s survival, independence, and achievement. To put it differently, the greatest story ever told does not begin with man, but with God. That’s right—God.

Mankind would not exist apart from God. Mankind would not have a story tell apart from God. Mankind would simply not be. God, on the other hand, is simply there. God is the God who is.

This God has a story, and it is the greatest story ever told. It is the story of all stories. It is the ultimate story, which trumps all other stories. It’s not that other stories are unimportant —they are in their own, unique ways—but the story of God is the story from which all other stories derive their meaning from, or at least they should. The story of God is comprehensively amazing and satisfying and encouraging. We would do well to spend some time on it.

Nancy Pearcey, in her ground-breaking book, Total Truth, encourages us to approach any worldview or story through a three-part grid: creation, fall, and redemption (127, 128, and 134).[1] It is through this three-part grid that we will briefly journey our way through the biblical story.

Creation

The biblical story begins with God. I have heard it said that the Bible does not begin by arguing for the existence of God, but by simply assuming it: “In the beginning, God created the heavens and the earth” (Gen. 1:1; ESV). The beginning that is referred to here is not the beginning of God, but of the world, or better, the universe.

The Bible begins by drawing our attention to the main character of the story—God. He is the Creator of the universe who designed, filled, separated, and gave meaning to—and made possible the existence of—life in general, and humanity, in particular.

Out of all creation, mankind was created in a unique way to reflect who God is to the rest of the world. Humanity was created in the image of God, called to “Be fruitful and multiply and fill the earth and subdue it, and have dominion over the fish of the sea and over the birds of the heavens and over every living thing that moves on the earth” (v. 28; emphasis added).

God, the rightful and just ruler of the universe, created and called mankind to represent Him and exercise His authority on earth. This was/is a great opportunity, blessing, and honestly, tremendous responsibility. (Let us just say that we have not, broadly speaking, done a good job at it).

Plus, God gave humanity the gifts of work and rest. Adam and Eve were placed in the Garden of Eden to work, care, and cultivate it for God’s glory. Overall, the beginning was characterized by shalom, and mankind was right in the center of it.

This first chapter of the biblical story is of crucial importance for the rest of the narrative for various reasons. The first chapter of Genesis teaches us some of Christianity’s core doctrines: creation out of nothing, the goodness of creation, creation of mankind as image-bearers, the origins of evil in this earth, the fall of mankind and its need for redemption, etc.

The creation account serves as the foundation to the rest of story of God. Nothing in the rest of the story will make sense without, or part from, the creation account.

[1] Pearcey, Nancy. Total Truth: Liberating Christianity from Its Cultural Captivity. Print.

My Story Thus Far

I was born in Ventura, California, and when I was four-years-old, my parents and I moved back to the small—but beautiful—Central-American country of Guatemala. The home/family life was characterized by traditional gender roles, hard work, and an honor/shame outlook on life.

My parents were, for the most part, good church attendees. I went along for the ride almost every day, if not every other day if there was a major obstacle, like a real emergency or a heavy storm. The early part of my childhood in Guatemala was all about going to school and learning Spanish, playing with marbles and trompos[1] and of course, working with my father at the ranch.

I grew up feeding cattle, cutting zacate [2] with my father’s machete (because I was too young to have one of my own), and, wrestling with small calves, swinging their little horns while I used my body to bring them to the ground. Those were the good old days!

My dad and I moved back to the U.S. in 2001. The rest of family—mother and four, Guatemalan sisters—came along the following year. I was eleven-years-old when I moved to the U.S., where I experienced—as you can imagine—culture shock. Though I was born in the U.S., I knew nothing about its culture, ideology, and way of living. I remember how I gained some popularity among my fifth- and sixth-grade peers by playing futbol.[3]

Middle school was a little better, as far speaking English and assimilating the American culture goes. High school was not the best, due to an apathetic, rebellious attitude, the influence of friends, and bad choices. All of this happened while still attending church with family. I acted as a good kid in front of other Christians, memorized Bible verses, and showed some passion. But underneath it all was a broken sinner in need of the grace of God.

It was not until God got a hold of my heart that I was awakened to His sovereignty, mercy, and unconditional, heart-warming love. The rest was history.

Things have changed since our time in Guatemala. I no longer wear tight, black denim jeans or a cowboy hat (thank goodness!) and neither does my dad. But on a more serious note, my family and I have experienced the grace and love of God in a whole new way, strengthening our relationships. In regards to the future, I would like to serve God in either full-time, pastoral ministry or the education system, or a combination of both.

My story is far from perfect. My story has been marked by physical pain (due to chronic illness), uncertainty, confusion, depression, frustration, discouragement, and doubt, just to name a few. But my story is a redeemed story. Why? Because my story is within a much-bigger, much-more-powerful, story—and that story is none other than the story of God, which gives my story meaning and purpose. It is to this biblical story that we will turn our attention to in the following posts.

[1] A whipping top, made out of wood, which is spun and launched by a string.

[2] Grass/hay/forage for cattle, horses, etc.

[3] Soccer.

We Draw Meaning from Stories

I recently heard a talk [1] by award-winning, recording artist, Lecrae, who, at a recent Q conference, said that statements only make sense in light of a bigger story. “Some master narrative is where we draw our meaning from” Lecrae stated. “People are drawn to stories more than graphs, charts, fact, and stats.”

For example, “Jesus died” is a historical fact, but alone makes no sense. Who was Jesus? Why did He die? What did He accomplish? What makes Him unique? These are some of the questions that need to be asked in order to make sense of the “Jesus died” statement. When one begins to ask these questions, one begins (or at least, should begin) to dig into the bigger story behind Jesus, which is the greater story of God as narrated in Scripture.

My story has, is, and will continue to derive its meaning from the greater story of God. It is only in light of this comprehensive narrative that my personal story has any value whatsoever. I am grateful that my story has experienced redemption through the story of God.

As life moves on, I want to get better acquainted with the biblical story and live in light of it. I want to get better acquainted with my own bicultural story (i.e., Hispanic American) and learn to navigate both worlds effectively for the gospel.

I want to get better at learning other peoples’ stories, listening to what they have to say, not just to respond, but to understand where they come from, their needs, etc. The goal is to be more effective in sharing the story of God, allowing the power of the gospel to bring about change in their lives and cultures. And to this end I pray. May God be glorified.

[1] Lecrae. “Artists and Poets”: Q Conference. https://www.youtube.com/watch?v=l-hIPW2AJnc

 

Education as Ministry

Education needs reformation and renewal. The education system needs the gospel. Education needs godly men and women pursuing and embracing education as ministry. How else will the church affect change in this massively-important sphere of society? How else will we Christians bring about gospel change and transformation, if we do not personally get involved?

These are some of the questions I have been thinking about lately. I feel like I am about to have another significant turning point in my life, in regards to what I am going to do after I graduate Eternity Bible College (EBC). Lately, I have been contemplating the idea of becoming an educator of some sort, for the glory of God and the good of others.

I am a learner and I love the educational environment. I want to make a difference in the next generation of thinkers and influencers and culture makers, and what better way than to get involve in education and play a positive role in the formational and developmental process of students.

As of this school year, I have been working as an instructional aid, helping, primarily students of ELD/ESL programs. I am thanking God for the opportunities I have had thus far to interact with some of the teachers at my work.

Last week, I had the opportunity to talk to one of the teachers about my faith. I shared the story of God, emphasizing the goodness of creation, the devastating reality and effect of sin, and the encouraging promise of the restoration of all things.

Now a days, I find myself talking more about the story of God when I share my faith. I blame EBC in general, but Worldview class in particular. I have been (positively) ruined with a new framework by which to see and interpret life and ministry. And for that, I am eternally grateful.